LA MISA ATROPELLADA (II/IV)

 


LA MISA ATROPELLADA por SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO.


SECCIÓN II

I. De la preparación a la Santa Misa

El sacerdote debe en primer lugar prepararse. Decía un siervo de Dios que toda la vida del sacerdote no había de ser más que una preparación continua y una continua acción de gracias.

Es cierto que la Sagrada Eucaristía fue instituida en beneficio de todos los fieles, pero no cabe duda también de que es un don especial hecho a los sacerdotes. Dice el Señor: "no deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos".

El término "perlas", en griego es la palabra que se emplea para designar a las partículas consagradas. Pues bien, estas perlas son llamadas propiedad de los sacerdotes.

Supuesto esto, dice San Juan Crisóstomo, "todos los sacerdotes tendrían que separarse del altar transformados por los ardores del amor divino, y a modo de leones que causaran espanto al propio infierno".

Sin embargo no es ésto lo que suele acontecer, sino que la mayor parte de los sacerdotes se retiran del altar siempre más tibios, más impacientes, soberbios, ávidos y pegados al interés, a la estima propia y a los placeres terrenos.

El defecto no está en el alimento, dice el Cardenal Bona, sino en quien lo toma; y la razón la daba Santa María Magdalena de Pazzis. Afirma que bastaría una comunión para obrar la santificación. Todo el mal proviene, por tanto, de la falta de preparación a la Santa Misa.

PRIMERA PARTE

A) De la preparación remota


1. Vida Santa

La preparación remota requerida para celebrar dignamente consiste en la vida pura y virtuosa que debe vivir el sacerdote.

Dios exigía la pureza en los sacerdotes del Antiguo Testamento y era solamente porque tenían que llevar los vasos sagrados. "Purificaos los que lleváis los vasos de Yahvé". Pues bien, ¡Cuánto más puros han de ser nuestros sacerdotes, que han de llevar en sus manos y en su pecho al Verbo Encarnado!, dice Pedro Blesense.

2. Ausencia de pecados veniales voluntarios

Para que el sacerdote sea puro y santo no basta que se vea libre de pecados mortales, ha de verse libre de pecados veniales, al menos voluntarios. Porque, de otro modo - dice San Bernardo - Jesucristo no lo recibirá a tener parte consigo, como amenazó a Pedro si no se avenía a dejarse lavar los pies por Él.

Todas las acciones, todas las palabras y pensamientos del sacerdote que quiera celebrar la Misa deben ser tan santos que le puedan servir de preparación.

SEGUNDA PARTE

B) De la preparación próxima


1. Meditación de la mañana

En cuanto a lo preparación próxima, es necesario primeramente haber tenido oración mental. ¿Cómo podría celebrar devotamente la Misa el sacerdote que la celebrara sin haber hecho antes la medicación?.

El Beato P. Juan de Ávila decía que el sacerdote antes de celebrar ha de tener por lo menos hora y media de meditación. Yo me contentaría con que se meditara por espacio de media hora y con que algunos tibios lo hicieran por lo menos un cuarto de hora. Si bien no puedo menos de confesar que un cuarto de hora es demasiado poco. ¡Hay tan buenos libros de meditación para prepararse a la Santa Misa!

Pero, me pregunto: ¿Dónde están los verdaderos sacerdotes que se preparan de esta manera?. Por esto se ven celebrar tantas veces la Misa de modo tan irreverente y con maneras tan deplorables.

2. El memorial de la Pasión de Jesucristo

Enseña Santo Tomás que el Redentor instituyó el Santísimo Sacramento del Altar para a que quedara siempre viva en nosotros la memoria y el amor que nos mostró en su Pasión y el recuerdo de los beneficios que nos dispensó al sacrificarse por nosotros en la Cruz. Por esto nos advierte el Apóstol: "Cuantas veces coméis este Pan y bebéis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva" (I Cor. 11).

En efecto, si todos los fieles deben recordar, cuando comulgan, la Pasión de Jesucristo, ¡con cuánta mayor razón lo deberá hacer el sacerdote, pues al alimentarse de la Sacratísima Carne representa y renueva en el altar, aunque de modo distinto, el mismo sacrificio de la cruz!

3. Cómo ha de acercarse el sacerdote a la Misa

Aún cuando el sacerdote haya hecho ya la meditación a la mañana, es conveniente que al acercarse a celebrar se recoja al menos unos instantes para pensar en la excelsa obra que va a ejecutar.

Así lo impuso a todos los sacerdotes el Primer Concilio de Milán en tiempos de San Carlos Borromeo: "Recójanse antes de celebrar y rueguen para penetrarse bien del sublime ministerio que van a desempeñar".

Al entrar en la sacristía para celebrar, debe el sacerdote despedir todo pensamiento mundano y repetir con San Bernardo: "Negocios y solicitudes terrenas, esperadme aquí hasta que vuelva a vosotras después de haber celebrado la Misa, que requiere toda mí atención".

San Francisco de Sales escribía en cierta ocasión a Santa Juana Francisca de Chantal: "Cuando me acerco al altar para celebrar la Misa pierdo de vista todas las cosas de la tierra".

Piense el sacerdote que va a hacer bajar del cielo a la tierra el Verbo Encarnado para tratar con Él familiarmente sobre el altar, para sacrificarlo nuevamente al Padre Eterno y para alimentarse de su divina carne.

El Beato Maestro Juan de Ávila se enfervorizaba, exclamando: "A Dios voy a consagrar, y a tenerlo en mis manos, y a hablar con Él, y a recibirle en mí pecho".

4. Pensamientos con que se ha de subir al altar

El sacerdote sube al altar para interceder por todos los pecadores. El sacerdote mientras celebra - dice San Lorenzo Justiniano - hace el oficio de mediador, y por eso tiene que rogar por todos los culpables.

San Juan Crisóstomo dice que el sacerdote, cuando se halla en el altar, se halla entre Dios y los hombres para ofrecer las oraciones de éstos y alcanzarles las gracias divinas.

En el Antiguo Testamento el sacerdote podía entrar al Santo de los Santos tan sólo una vez al año. Pero en el Nuevo, todos los sacerdotes pueden a diario ofrecer el Cordero divino al Eterno Padre para alcanzar gracias para sí y para toda la Iglesia.

El Concilio de Basilea podía decir con razón: "Cuando un vasallo se acerca al rey para reclamar su favor, ¡con qué atención cuida la decencia de sus vestidos, las expresiones comedidas, la gravedad en el decir, el modo más detallado en el conducirse!... Pues con mayor cuidado aún debe el sacerdote esforzarse por merecer que Su Divina Majestad lo mire favorablemente cuando va a rogarle por sí mismo y por todos los demás".


PAX VOBIS.

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