DECIMOPRIMER DÍA DE SAN JOSE Y PRIMER DÍA DE LA NOVENA


Día 11 de Marzo dedicado a San Jose y Primer día de su Novena


                                               MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en este devoto mes. Amen.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 11 de Marzo- ESPERANZA DE SAN JOSE

Tú, oh san José, no perdías tiempo en cosas vanas e inútiles y no obrabas con disgusto o mala gana.
Ayúdame, oh san José, a no ser flojo en mis responsabilidades, sino a dedicarme a mis quehaceres con la máxima entrega.
 
               Señor, en Ti tengo puesta mi esperanza; no quede yo para siempre confundido
                                                                         Salm. XXX, 2.

Por medio de la fe nos lleva Dios al conocimiento de su bondad y de sus promesas, con lo que nos inspira el deseo y la esperanza de llegar a poseerle. De manera que habiendo tenido San José la fe en grado eminente, tuvo por lo mismo una tan viva y firme confianza, que Dios, según la expresión del Profeta, la había confirmado en modo especial en la esperanza. Y a la verdad, si la confianza crece y se fortifica en proporción de las gracias que recibimos de la bondad divina; si el sólido fundamento de nuestra esperanza se asienta sobre los méritos infinitos de Jesucristo; si la devoción y el amor a la Santísima Virgen, y la certeza de ser protegidos por María, omnipotente ante Dios, son las fuentes de la más dulce esperanza, ¡cuál no debía ser la confianza de José, que tenía a Jesús en sus brazos y a María de continuo a su lado!. . .

Por lo cual vemos con qué esperanza admirable parte para Egipto, sin otra estrella por guía que la obediencia, sin otro viático que la voluntad divina, sin otro apoyo que una fe ciega en la Providencia.
Y por otra parte, ¿qué podía temer José? ¿No es María la dulce estrella que lo conducirá a través del espantoso desierto que debe cruzar? ¿Cómo podrá abandonarlo Aquel que le mandó huir? ¿No es Dios, Padre del Niño divino que lleva entre sus brazos? ¿No es el mismo Dios que, muchos siglos hace, ordenó a sus antepasados que cruzaran los mismos desiertos para librarse de la esclavitud de Faraón, cuya crueldad igualaba la de Herodes?. . .

José sabe que posee a Jesús, auxilio más poderoso que el Arca Santa que precedía a Israel, que la columna que lo guiaba y que el maná que lo alimentó en el desierto: Providebam Dominum in conspectu meo semper; quoniam a dextris est mei, ne commovear.
Todos estos bienes no eran sino una figura del Salvador que él estrechaba contra su pecho. Plenamente satisfecho con tal tesoro, pone toda su felicidad y su gloria en sufrir por Jesús, con Jesús y en compañía de Jesús. Considera cum quanta compassione in itineribus quae fecerunt, parvulum Jesum ex labore laessum, in suo gremio Joseph requiescere faciebat (San Bernardino de Sena).
Al escribir Isaías lo que sigue, aludía ciertamente a José: «He aquí que el Señor, traído sobre una nube ligera, entrará en Egipto»; y nuestro Santo Patriarca era esa nube que ocultaba los rayos del sol naciente.

Ese divino Sol de justicia, que en los cielos regula el curso de los astros y los oscurece con su esplendor, se halla sobre la tierra, envuelto en pobres pañales, en brazos de su padre adoptivo, que le lleva adonde él quiere. ¡Oh, sí! Cuando se tiene a Dios en el corazón, como José le lleva sobre su pecho, no se siente ninguna fatiga, ni andando por los caminos más difíciles.

¡Oh, alma fiel! Imita a San José: salva y conserva al divino Niño, a quien también ahora Herodes, esto es, el mundo y el demonio, persiguen y quieren hacer morir. Cierra los oídos a sus sugestiones, no le oigas, toma al Niño y huye: Accipe puerum et fuge. Llévale sobre tu corazón y tenle unido a ti con vínculos indisolubles. Así como lo hizo San José, vigila a su lado para que nunca se aleje de ti; estréchale entre tus brazos con humilde confianza en su bondad, y con un respetuoso temor de perderle; evita que todas las fuerzas del enemigo puedan arrebatártelo jamás: Tenui enim nec dimitíam. Despiértate alguna vez en la noche, a ejemplo de Jesús y de María, para buscarle, servirle, conservarle, admirarle y amarle: Per noctes quaesivi quem diligit anima mea.

Si vives en el mundo, donde hay tantos peligros, tormentas y escollos, custodia siempre como a una perla preciosísima en medio de este mar, la pureza y la sencillez de la infancia cristiana: Accipe puerum. Si te has alejado del mundo y vives en una casa religiosa, sé fiel y constante en resistir a las repugnancias, los fastidios y las tentaciones de que se vale el demonio para hacer morir al dulcísimo Salvador, que vive en tu alma con su santa gracia: Accipe puerum. Finalmente, si estás adornado de hermosas cualidades y te hallas en una condición respetable, conserva diligentemente en tu alma la infancia, la humildad cristiana y el amor de ese santo Niño: Accipe puerum. Si tú lo conservas, Él te conservará; si le tienes contigo, Él te guiará; pero si por tu infidelidad y negligencia tienes la desgracia de perderle, todo está perdido para ti, y podrás decir con más verdad que el antiguo patriarcá: ¿Qué será de mí, ahora que he perdido a ese querido Niño? Puer non comparet, et ego quo ibo?
A imitación de San José, no te obstines jamás contra las persecuciones y las violencias, porque son propias de espíritus apasionados e impetuosos, como el de Herodes; antes bien, cede humildemente: aléjate prudentemente por algún tiempo: Fuge in AEgiptum.

Pero volvamos a la Santa Familia, que seguiremos a través de los desiertos, conmovidos por sus padecimientos y admirados por su constante confianza en la divina providencia. «La estación es fría —dice San Buenaventura—, y para atravesar la Palestina, la Sagrada Familia debió tomar las calles más abandonadas. ¿Dónde se alojaría por la noche, y dónde durante el día habrá hallado descanso? ¿Y dónde y cómo habrá podido restaurar sus fuerzas?. . .» ¡Qué espectáculo conmovedor ofrecen, Dios mío, estos dos castos esposos fugitivos con un Niño pequeño!. . . Viendo a aquellos tres augustos personajes en tan lamentable condición, ¿quién no habrá pensado que eran pobres mendigos vagabundos?. . .

Imitemos a San José, obedezcamos con docilidad y amor a las leyes de la divina providencia, que nos manda la salud y las enfermedades, las riquezas y la pobreza, nos levanta y nos humilla como le place, y siempre para nuestro mayor bien. Humiliat et sublevat, deducit ad inferas et reducit.
Vayamos sin dilación al lugar, al país, al estado y oficio a que Dios le plazca llamarnos, llenando amorosamente y con fidelidad su adorable Voluntad, que se nos manifiesta por un ángel, es decir, por quien en su nombre nos dirige y nos guía: obedezcamos sin turbarnos, abandonándonos a la divina Providencia; otorguémosle todo el poder para disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos; veamos de seguirla como a nuestra propia madre; confiemos en ella en todas nuestras necesidades; esperemos sin inquietarnos el remedio de su caridad; dejémosla hacer, y nos proveerá en el tiempo y modo que más nos convenga. La Providencia vigila tan atentamente sobre todo lo que a nosotros respecta, hasta no permitir que caiga un solo cabello de nuestra cabeza sin orden suya. Dios tiene sus razones en todo lo que ordena, aun cuando no podamos conocerlas ni penetrarlas.

Escuchemos, adoremos, obedezcamos; es nuestro deber, y además redunda en nuestro provecho.
Qué es lo que más nos conviene, lo ignoramos; pero nuestro Padre celestial lo sabe todo, todo lo puede, y nos ama tiernamente; dejémosle, pues, toda libertad para obrar; El ve nuestra verdadera conveniencia. Aun en las cosas que nosotros creemos perjudiciales, nos abandonamos en las manos de un padre que nos ama tiernamente, ¿y dudaremos de Dios, que es el mejor de todos los padres? Nemo tam Pater. ¿Y vacilaremos en creer que todo lo que Él ordena es para nuestro bien, en el tiempo y en la eternidad?…

Agrada tanto a Dios la plena confianza en su bondad, que, supuesto el caso de que pudiera ser indiferente a todo lo que respecta a los hombres en general, por el solo hecho de abandonarnos en sus manos le obligaríamos a preocuparse por nosotros.

Un hombre como nosotros se creería obligado a ayudar a quien se confiara a su bondad. ¿Cuál no será, por lo tanto, la solicitud de Dios para con un alma que confía plenamente en su Providencia? . . . Esta vigila minuciosamente sobre las cosas que le atañen, e inspira a quienes la gobiernan, todo lo que es menes-ter para dirigirla bien; en tal manera, que si aquellos quisieran por cualquier razón disponer de esa alma en una forma que le fuera nociva, Dios haría surgir, por caminos insospechados, mi-les de obstáculos a esos designios, y los obligaría a atenerse a lo que conviene para esa alma.
He aquí como Dios vela por la conservación de los que ama: si la Escritura atribuye ojos a este Dios de bondad, es para significar que vigila; si le atribuye oídos, es para significar que escucha; si manos, porque defiende a quien osa tocar a sus protegidos, a quienes ama como a la niña de sus ojos. «Os llevaré en mis brazos —dice Dios por el profeta Isaías—; os estrecharé contra mi pecho; os acariciaré sobre mis rodillas, como una madre acaricia a su hijo; he aquí cómo os consolaré.»
Dejemos obrar a esta Sabiduría eterna, que conoce el presente y prevé lo que ha de ser; a este poder que lo hace todo en la medida de su querer.

Se desvanecerían todas nuestras inquietudes, si creyéramos esta única verdad: que todo acontecimiento, con toda la secuela de sus consecuencias, está en las manos de Dios, que nos ama tiernamente. ¡Qué felicidad para un alma piadosa, poder unirse como José a esta divina providencia, que ordena y gobierna todas las cosas; querer cuanto ella quiere y nada más, y por lo mismo, estar seguros de tener siempre sólo lo que ella desea! ¡Qué sublimidad y qué calma! ¡Hacer siempre su voluntad, olvidarnos entera y santamente cuando somos olvidados; encontrarnos en Dios, porque por Dios nos habíamos olvidado de nosotros mismos!.
El alma que, a ejemplo de San José, se abandona a la divina providencia, como él reposa y se duerme tranquila entre sus brazos, como un niño en los de su madre; toma por divisa estas palabras de David:

«Dormiré y descansaré en paz, porque Vos, Señor, habéis afirmado mi esperanza en vuestra Providencia. . .“Dios me guía, por lo cual nada me faltará. Guiado por vuestras manos y bajo vuestra protección, caminaré entre las tinieblas de la muerte, entre mis enemigos, y no temeré mal alguno, porque Vos estáis conmigo. Vuestra misericordia me acompañará todos los días de mi vida, a fin de que yo pueda habitar en la casa del Señor por toda la eternidad» (Salm. XXII).


                                           NOVENA AL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSE

Oración Inicial de todos los días

Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas un solo Dios verdadero, en quien creo y espero y a quien amo con todo mi corazón.Te doy gracias por haber honrado sobre todos los santos a San José con la dignidad incomparable de padre adoptivo de Jesús, Hijo de Dios, y esposo verdadero de María, Madre de Dios. Ayúdame a honrarle y merecer su protección en vida y en la hora de la muerte.

San José patrón de la Iglesia, jefe de la Sagrada Familia, te elijo por padre y protector en todo peligro y en toda necesidad. Descubre a mi alma la pureza de tu corazón, tu santidad para que la imite y tu amor para agradecerte y corresponderte. Enséñame a orar, tu que eres maestro de oración y alcánzame de Jesús por María la gracia de vivir y morir santamente.  Amén.

DÍA PRIMERO- Fe de San José

La fe es una virtud sobrenatural que nos inclina a creer todo lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos propone. Es la virtud sobre la que se apoyan todas las demás virtudes, pues sin ella no participamos de la vida de la gracia. San José creyó con una fe tan viva que sólo la Santísima Virgen pudo aventajarlo. Toda su vida fue verdaderamente una vida de fe, un acto continuo de fe.

ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS




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