MES DE SAN JOSÈ- DÍA 30


Día 30 de Marzo dedicado al Glorioso Patriarca San Josè


                                            MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en este devoto mes. Amen.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 30 de Marzo- SAN JOSÈ ABOGADO DE LAS BENDITAS ÁNIMAS DEL PURGATORIO

Amorosísimo San José, que tan tiernamente amasteis a Jesús, y tan vivamente sentisteis la privación de su presencia cuando lo perdieres en el Templo, os encomiendo con fervor las Santas Almas que, lejos de la amable presencia de Dios, están padeciendo en el Purgatorio.

Oh Santo Patriarca, sed su consuelo en aquel lugar de penas y expiación, dignaos aplicarles los piadosos sufragios de los fieles, particularmente los míos.

Constituíos su intercesor para con Jesús y María y romped con vuestra poderosa oración sus cadenas, para que puedan ascender al seno de Dios y gozar de la felicidad eterna. Amén.

Consideración

No cabe duda, como decía Santa Teresa de Jesús, que San José es el Abogado Universal, o, lo que es lo mismo, que Él remedia todos los males; ya que jamás se pide al Señor gracia alguna por intercesión de este Glorioso Patriarca que no se consiga en el acto, si se pide bien y como conviene.

La razón es obvia. No hay abogado mejor que el que defiende una causa que en algún tiempo fue propia, porque la conoce perfectamente, hasta en sus más pequeños detalles y se interesa mucho en ella; y habiendo padecido tanto San José durante su vida, síguese que será compasivo con los que ahora padecemos; no nos olvidará en los supremos y críticos instantes de nuestra existencia, y sobre todo no podrá menos de compadecerse mucho de las almas detenidas en el lugar de expiación.

En efecto, cuando su alma privilegiada salió de su cuerpo virginal se apartó de la presencia del Redentor y de la Virgen Madre. ¡Cuánto sufriría entonces con esta separación su inocente y atribulado espíritu!

Las puertas de la Celestial Jerusalén estaban completamente cerradas a todas las generaciones. Debían ser rociadas con la Sangre inmaculada del Cordero de Dios para que quedasen francas y abiertas a los pueblos redimidos.

El amorosísimo Jesús, víctima inocente y voluntaria en el expiatorio sacrificio, no habiendo llegado su hora, aún debía permanecer tres años sobre la tierra; luego el alma de San José, antes de penetrar en el Cielo, debía ser detenida juntamente con las de los justos del antiguo Testamento, en el seno de Abraham.

Si el Santo Patriarca, durante los tres días en que el divino Niño estuvo perdido en el Templo, le anduvo buscando con tanta angustia, ¿qué ansias no padecería su alma en los años que estuvo en el Limbo, apartada de la presencia de Jesús y María?

Sólo quien amara a Jesús y María como San José les amaba, sería capaz de formarse un concepto adecuado de la vehemencia de sus anhelos.

Sabiendo, pues, nuestro Glorioso Santo por experiencia propia cuán ardientes son en las almas justas los deseos de ver a Dios, y qué acerbos padecimientos dicha privación les causa, ¡con que afán procurará aliviar a las Benditas Almas del Purgatorio!

Consideración

No cabe duda, como decía Santa Teresa de Jesús, que San José es el Abogado Universal, o, lo que es lo mismo, que Él remedia todos los males; ya que jamás se pide al Señor gracia alguna por intercesión de este Glorioso Patriarca que no se consiga en el acto, si se pide bien y como conviene.

La razón es obvia. No hay abogado mejor que el que defiende una causa que en algún tiempo fue propia, porque la conoce perfectamente, hasta en sus más pequeños detalles y se interesa mucho en ella; y habiendo padecido tanto San José durante su vida, síguese que será compasivo con los que ahora padecemos; no nos olvidará en los supremos y críticos instantes de nuestra existencia, y sobre todo no podrá menos de compadecerse mucho de las almas detenidas en el lugar de expiación.

En efecto, cuando su alma privilegiada salió de su cuerpo virginal se apartó de la presencia del Redentor y de la Virgen Madre. ¡Cuánto sufriría entonces con esta separación su inocente y atribulado espíritu!

Las puertas de la Celestial Jerusalén estaban completamente cerradas a todas las generaciones. Debían ser rociadas con la Sangre inmaculada del Cordero de Dios para que quedasen francas y abiertas a los pueblos redimidos.

El amorosísimo Jesús, víctima inocente y voluntaria en el expiatorio sacrificio, no habiendo llegado su hora, aún debía permanecer tres años sobre la tierra; luego el alma de San José, antes de penetrar en el Cielo, debía ser detenida juntamente con las de los justos del antiguo Testamento, en el seno de Abraham.

Si el Santo Patriarca, durante los tres días en que el divino Niño estuvo perdido en el Templo, le anduvo buscando con tanta angustia, ¿qué ansias no padecería su alma en los años que estuvo en el Limbo, apartada de la presencia de Jesús y María?

Sólo quien amara a Jesús y María como San José les amaba, sería capaz de formarse un concepto adecuado de la vehemencia de sus anhelos.

Sabiendo, pues, nuestro Glorioso Santo por experiencia propia cuán ardientes son en las almas justas los deseos de ver a Dios, y qué acerbos padecimientos dicha privación les causa, ¡con que afán procurará aliviar a las Benditas Almas del Purgatorio!

ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS.

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