DECIMOTERCER DÍA DEL MES DE SAN JOSE Y TERCER DÍA DE SU NOVENA


Día 13 de Marzo dedicado al Glorioso Patriarca San Jose y Tercer día de su devota Novena


                                          MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en este devoto mes. Amen.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 13 de Marzo- AMOR DE SAN JOSE A LA POBREZA

Tu seguridad, oh san José, se cimentaba en la atención y adhesión constante a la voluntad de Dios, tal como iba manifestándose día tras día. Haz, oh san José, que yo tenga la seguridad de quien confía en Dios, sabiendo que en cualquier situación, aunque adversa, estoy en sus manos.


                                                 Bienaventurados los pobres de espíritu.
                                                                          Mat. V, 3

El Hijo de Dios —dice San Bernardo— amaba tanto la pobreza, que no habiéndola hallado en el cielo, vino a buscarla sobre la tierra. En efecto, como puede verse en todas las circunstancias de su vida, demostró un verdadero amor de predilección por esta hermosa virtud. Nace en un establo, como el último y más abandonado de los hijos de los hombres; sus primeros adoradores son pobres pastores; las personas con quienes alternó toda su vida fueron pobres: su Madre era pobre, y pobres eran sus Apóstoles; vestía pobremente; comía pan de cebada, como los pobres, y como estos vivía de limosnas, y estas le faltaban con frecuencia; prueba de ello es que permitió a sus Apóstoles sacar algunos granos de trigo para saciar su hambre. Hasta cuando entró en Jerusalén, rodeado de una cierta gloria, estuvo rodeado de pobres y de niños; y pobre era su cabalgadura. No tenía un refugio donde reclinar su cabeza. Su primer discurso fue elogiando la pobreza: Beati pauperes spiritu. Finalmente, murió desnudo sobre la Cruz, y fue sepultado en un sepulcro que no era suyo.

Así como el Hijo de Dios amaba la pobreza con tanta pre-dilección, también San José la amó grandemente, y es por eso que Dios lo eligió para padre y custodio de su Unigénito. Y si este Santo Patriarca practicaba esta virtud en tan alto grado, ¿qué progresos no habrá hecho en esta virtud durante los treinta años que vivió en compañía de Jesús y de María?. . .

Una sola palabra del Evangelio, hizo que San Antonio se resolviera a despojarse de todos sus bienes, para distribuirlos a los pobres, y practicar así con mayor perfección la pobreza evangélica, que el Hijo de Dios había recomendado tan insistentemente con la palabra y el ejemplo. ¿Cómo podremos, después de esto, hacernos una idea exacta de las saludables impresiones que recibiría San José en su corazón, con el ejemplo y la palabra de Jesús y de María, él que era diario testigo de su extremada pobreza?. . .

Cuando María entró en el templo, según la revelación hecha por ella misma a Santa Brígida, renunció a todos los bienes de la tierra, para poseer a Dios solo. A principio vovi in corde meo nihil unquam possidere in hoc mundo. Por lo cual, María no llevó en dote a José más que su amor al trabajo y el perfecto desprendimiento de las cosas creadas. Y muy grande debió de ser la pobreza de ambos esposos, pues que María se vio obligada a ver nacer a su Hijo en un pesebre abandonado, sin tener para abrigarle más que un poco de paja y la compañía de dos animales. Digna Madre de Aquel que después de haber vivido en la mayor pobreza, había de morir sobre una Cruz, dejando como tesoro a sus discípulos: Bienaventurados los pobres.

María y José gustaron de esta máxima, y la pusieron en práctica. ¿Se trata de colocar sobre el altar del templo una ofrenda, después de la ceremonia de la purificación?. . .
 Será la ofrenda de los pobres; porque —dice San Bernardo— los ricos dones que habían recibido de los Magos, ya los habían distribuido entre los pobres. Pero es sobre todo durante el largo viaje y en la larga permanencia en Egipto, donde 110 tenían amigos ni protectores, donde sintieron más vivamente la más grande pobreza. El hijo de David y de Zorobabel se hizo simple operario, y la hija de los reyes trabajó también de noche, para ayudar al módico é insuficiente salario de su esposo, y así procurarse lo necesario, que con harta frecuencia faltaba en la casa. Los pobres —dice San Alfonso María de Ligorio— no leerán, sin sentir grandes motivos de consuelo, lo que Landolfo escribió sobre este conmovedor misterio.

«Tal era la pobreza de María y de José —dice él—, que con frecuencia les faltaba el pan que Jesús pedía hostigado por el hambre. ¡Y ellos no tenían más que lágrimas para darle! ¡Cuánto sintió entonces José su pobreza!. .. Una pobreza que se sufre por amor a Jesús, tiene un cierto encanto; pero en la pobreza que sufre Jesús, la pena iguala al amor».

«De regreso a Nazaret, no se encontró José en mejores condiciones. Imaginaos —dice Bossuet— un pobre artesano que no tiene otro recurso más que sus manos, ni otra riqueza más que su taller, otro medio de vida que su trabajo, que debe entregar con una mano lo que recibe con la otra, y ve cada día gastarse la pobre ganancia, obligado todavía a hacer un largo viaje, por el que debe alejarse de los amigos, sin que el ángel que le manda partir, le diga ni una sola palabra respecto a cómo podrá hacer frente a sus necesidades más apremiantes. ¡No tuvo vergüenza de sufrir lo que a nosotros nos sonroja! ¡Humillaos, grandezas humanas!

»Va José poco menos que errante, tan sólo porque está con Jesús. Feliz de poseerle a tal precio, se cree rico, y cada día se esfuerza por purificar su corazón, a fin de que Dios se posesione más y más de él; rico, porque no tiene nada; poseyéndolo todo, todo le falta; feliz, tranquilo, seguro, porque no encuentra repo-so, ni casa, ni demora».

«Dios quiere; —dice San Francisco de Sales— que José esté siempre en la pobreza, que es una de las pruebas más duras que pueda enviarnos; y lo somete a ella, no por un tiempo más o menos largo, pues fue pobre toda su vida. ¡Y qué pobreza fue la suya! Una pobreza despreciada, huida, mísera.
»La pobreza voluntaria de que hacen profesión los religiosos, es muy amable, por cuanto ella no les impide recibir las cosas que son necesarias, tan sólo les prohíbe lo superfluo; pero la pobreza de José y de Nuestra Señora no es tal, pues que aun cuando fuese voluntaria y la amaran de corazón, no dejaba de ser abyecta, rehusada y despreciada en sumo grado.

»Porque todos no veían en ese gran Santo, sino a un pobre carpintero, incapaz de ganar ni siquiera lo suficiente para que no le faltara lo indispensable para la vida, y eso a pesar de fatigarse con amor indecible para alcanzar a sostener a su pequeña familia; y él se sometía humildemente a la voluntad de Dios aceptando su pobreza y abyección, sin dejarse vencer por la tristeza interior que sin duda alguna y más de una vez quería hacerse sentir».

He aquí cómo José amó y practicó la pobreza; fue pobre de espíritu y de corazón; sufrió las incomodidades de la pobreza sin lamentarse. Reducido a ganarse su pan y el de su familia con el sudor de su frente, se consideraba muy feliz de compartir con María la pobreza de Jesús, el cual, siendo Dueño y Señor de todas las riquezas, se hizo pobre por nuestro amor; y a su ejemplo, José quiso vivir y morir pobre.

La pobreza evangélica, difícil tal vez en apariencia, es una fuente de paz y felicidad. Es una gran tranquilidad para el espíritu, —dice San Gregorio— el estar lejos de la concupiscencia del siglo, donde con tanta pasión se tiene lo que se posee; donde se desea siempre lo que no se tiene, y donde las pérdidas son tan dolorosas, porque los apegos son siempre exagerados; donde, en una palabra, los deseos crecen incesantemente, pues el mundo entero no basta a satisfacer el vacío inmenso de nuestro corazón, el cual está hecho para Dios. Más va el hombre tras los bienes falaces que lo corrompen, menos satisfacción encuentra en ellos, y más pierde el gusto y la estimación por los bienes eternos. La felicidad del alma consiste en la unidad de su amor, y su desventura, en la multiplicidad de sus deseos; la pobreza es la virtud que nos desapega y nos dispone para recibir las riquezas del amor divino, librándonos de una infinidad de frívolas e inútiles solicitudes.

Nuestra felicidad no consiste en la posesión de muchas cosas, sino en la satisfacción de nuestros deseos. Feliz aquel —dice San Agustín— que posee todo lo que desea, y no desea más que lo que debe desear. Los pobres de espíritu tienen esta ventaja sobre los ricos del mundo, pues aquellos tienen cuanto desean, porque no desean más que lo que tienen, y miran todo lo demás como inútil y superfluo, mientras que los mundanos nunca están satisfechos, porque el placer de las riquezas que poseen es inferior a la ansiedad que sienten al no poder realizar sus deseos de poseer algo más y mejor; de manera que, agitados por deseos insaciables, ven trascurrir todos sus días en la inquietud y en la búsqueda de lo que nunca podrán poseer.

La pobreza no es tan sólo una fuente de paz, sino que es también un medio eficacísimo para progresar en la perfección; porque así como la concupiscencia es la raíz de todos los males, así también la pobreza es el principio de toda suerte de bienes. Es la guarda de la humildad —dice San Gregorio—; conserva la castidad por medio de la mortificación, de la cual es inseparable compañera, y ayuda a practicar la abstinencia y la templanza. Este es el motivo por el cual la pobreza —dice San Francisco de Sales— es una virtud celestial y divina, pues libra al alma de cuanto pudiera retenerla en medio del mundo, y le facilita su ascensión hacia Dios y su unión con El. Los santos la llaman la madre, maestra y custodia de todas las demás virtudes.

Para obtener estas preciosas ventajas de la pobreza, es necesario ser pobre de espíritu, es decir, tener el corazón desasido de todas las cosas de la tierra. No todos los cristianos son llamados a despojarse de todos sus bienes para seguir a Jesucristo, como los Apóstoles: «He aquí que hemos abandonado todas las cosas para seguirte». Pero todos los que quieren vivir cristianamente y gozar de las promesas del Salvador a los pobres de espíritu, no deben hacer caso de los bienes de este mundo, sino creer, con el Apóstol, que «pues ellos poseen a Jesús, todo lo demás es polvo y miseria».

Pero ¡ay, qué pocos son los pobres de espíritu! Es muy difícil —dice la Imitación de Cristo— encontrar a quien esté tan adelantado en el camino espiritual, que tenga el corazón desasido de todas las cosas. Para llegar a esto, es necesario haber renunciado, como los santos, a las riquezas y comodidades de la vida; tener horror a lo superfluo; no preocuparse por lo necesario; recibir con indiferencia, como San Pablo, la salud y la enfermedad, la tribulación o la alegría, la abundancia o las penurias. Así debe ser ese desapego universal, esa perfecta pobreza de espíritu que el divino Maestro puso como primera entre las bienaventuranzas. Si eres pobre, alégrate de estar en un estado en que más fácilmente puedes asemejarse a San José. Si Dios te ha favorecido con bienes de fortuna, no apegues tu corazón a ellos, da lo superfluo a los pobres. «Hay hombres —dice el Sabio— que son ricos aun cuando nada poseen, y hay otros pobres aun cuando viven en la abundancia de las riquezas». La virtud de la pobreza —añade San Bernardo— no consiste en la privación de los bienes terrenos, sino en el amor a esta privación”.


                                           NOVENA AL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSE

Oración Inicial de todos los días

Santísima Trinidad, Padre Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas un solo Dios verdadero, en quien creo y espero y a quien amo con todo mi corazón.Te doy gracias por haber honrado sobre todos los santos a San José con la dignidad incomparable de padre adoptivo de Jesús, Hijo de Dios, y esposo verdadero de María, Madre de Dios. Ayúdame a honrarle y merecer su protección en vida y en la hora de la muerte.

San José patrón de la Iglesia, jefe de la Sagrada Familia, te elijo por padre y protector en todo peligro y en toda necesidad. Descubre a mi alma la pureza de tu corazón, tu santidad para que la imite y tu amor para agradecerte y corresponderte. Enséñame a orar, tu que eres maestro de oración y alcánzame de Jesús por María la gracia de vivir y morir santamente.  Amén.

DÍA TERCERO- Amor de San José al prójimo

El amor con que amamos a Dios y el amor con que amamos al prójimo es un solo amor: son dos ramas de una misma raíz porque si al prójimo no le amamos por Dios y con Dios no le amamos con amor verdadero. El amor de San José a Dios es el mayor que se puede encontrar después de la Virgen María; su amor al prójimo, por tanto, es también el mayor después del de la reina del Cielo.

ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS

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