MES DE SAN JOSÈ- DÍA 27


Día 27 de Marzo dedicado al Glorioso Patriarca San Josè


                                           MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en este devoto mes. Amen.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 27 de Marzo- FIDELIDAD DE SAN JOSÈ EN IMITAR A JESÚS

Tú, oh san José, tuviste la suerte de morir asistido por Jesús y tu esposa María. ¡Nadie podría desear algo mejor en el momento más decisivo de su vida! Asísteme, oh querido santo, en el momento de mi muerte.

                                        Sed imitadores míos, así como yo lo soy de Cristo.
                                                                    I Cor. XI, 1.

Es riguroso deber de todos los cristianos, si quieren salvarse, el conformar su vida a la de Jesucristo, e imitar los ejemplos que nos dio durante su vida mortal. «Todos aquellos —dice San Pablo— que Dios ha previsto desde toda la eternidad que habían de ser del número de sus elegidos, los ha predestinado en el tiempo a ser conformes a la imagen de su Hijo Jesucristo» (Rom. VIII, 29).

El Hijo de Dios se encarnó a fin de que, haciéndose semejante al hombre, nos fuera más fácil imitarle. En efecto, desde el primero hasta el último instante de su vida, Jesucristo no hizo cosa alguna que no haya tenido por fin instruirnos y darnos ejemplo. Por lo tanto, debemos persuadirnos de que el Salvador nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo a los Apóstoles después de lavarles los pies: «Exemplum dedi vobis, ut quemadmodum ego feci vobis, ita et vos faciatis: Os he dado el ejemplo, a fin de que hagáis aquello que Yo mismo he hecho». Jesucristo no es tan sólo el guía a quien debemos seguir, sino también el camino por el que debemos andar, si queremos hallar la verdad y llegar a la vida eterna: Ego sum via, véritas et vita.

Si San José llega a una santidad tan eminente, ¿no es acaso porque tuvo la suerte de ver más de cerca y escuchar más frecuentemente al Verbo hecho carne?… Todo, en efecto, invitaba a San José a imitar a Jesucristo: el ejemplo de María, que estaba siempre atenta a copiar minuciosamente el interior de su Hijo divino, y a procurar la perfección en todo. El amor de que estaba inflamado San José lo llevaba a hacerse semejante a Jesús.

Cada día comprobamos que el amor natural de los padres los convierte casi en niños con sus hijos pequeños. Ahora bien; ¿quién podrá comprender todo lo que el amor sobrenatural del cual San José estaba lleno, le inspiraba hacia Jesús, a quien consideraba como a Hijo queridísimo? ¡Con qué ternura, con qué efusión de corazón, con qué respetuoso afecto se hacía niño con aquel divino Infante!. . .

Ya sabría José, seguramente, aquello que el Salvador debía decir en el Evangelio: Nisi efficiamim sicut parvulm iste, non intrabitis in regnum celorum (Mat. VIII, 3). Si no os hacéis como niños, si no os hacéis semejantes a Él, si el amor no os trasforma en Él, no seréis jamás dignos de entrar en el cielo. Los que nunca amaron ardientemente y no conocen la natura-eza del amor, no pueden comprender —dice San Agustín— la fuerza que el amor tiene para trasformar al que ama en el objeto amado, y darle las mismas inclinaciones, la misma voluntad y hasta los mismos pensamientos. Del mismo modo, un alma piadosa no puede tener la certeza de poseer el amor de Jesucristo en su corazón, si no siente, como San José, el deseo ardiente de transformarse en Él, de adquirir su espíritu, de seguir sus máximas, de no estimar sino lo que Él estima, de despreciar todo lo que Él desprecia, de amar todo lo que Él ama, las cruces, las humillaciones; en una palabra, de conformarse enteramente a Él en todo, de dejar de ser lo que se es, para comenzar a ser lo que Él es.

Pero desdichadamente, ¡qué corto es el número de los cristianos que comprenden y gustan estas verdades!… Casi todos, buscándose a sí mismos, no se encuentran más que a sí mismos, y siempre permanecen en sí mismos. Deseamos que Dios se dé a nosotros, para hacer de Él lo que sea de nuestro agrado, pero no queremos darnos a Él sin reservas, como San José, para que Él obre en nosotros según su voluntad. Hablad, oh Jesús, a nuestro corazón; hacednos conocer y amar la belleza de ese amor tan puro, que trasforma nuestras almas en Vos mismo.

Vuestro amor por mí, oh Señor, os ha obligado a haceros semejante a mí, pobre mortal, sujeto a la enfermedad y al dolor. Si yo os amo verdaderamente, mi amor por vuestra adorable Persona debe hacerme semejante a Vos, humilde, dulce, modesto, paciente, obediente y pleno de caridad para todos.

San José tenía continuamente los ojos del espíritu sobre Jesucristo, para reproducir en sí mismo lo mejor que le era posible toda su imagen; para conformar los sentimientos, las facultades de su alma y todos sus actos a los sentimientos, a las facultades del alma y a las acciones de su divino modelo, de manera que sus ojos eran puros, sencillos y modestos como los de Jesús; sus oídos estaban cerrados a todas las conversaciones vanas, aduladoras o poco caritativas; su boca, como la de Jesús, no se abría sino para edificar al prójimo, consolar a los afligidlos, instruir a los ignorantes; no usaba de sus manos sino para hacer el bien a todos, practicando las obras de justicia y de misericordia; en una palabra, todos sus padecimientos y todos sus actos eran regulados por la modestia y perfectamente sujetos al espíritu, como los de Jesús.

He aquí lo que San Pablo llama «práctica de la mortificación de Jesucristo en nuestros cuerpos», para ser copias vivas y fieles del modelo divino. Tal era San Francisco de Sales, cuyo exterior y modales semejaban el exterior, los modos y las virtudes de Jesucristo, cuando vivía entre los hombres. Haced, oh divino Salvador, que yo tenga continuamente, como San José, los ojos del corazón y del alma sobre vuestra divina Persona, a fin de que todas mis acciones sean otros tantos rasgos que contribuyan a formar en mí vuestra imagen. Nuestro Señor Jesucristo es la regla general y universal de nuestra vida: por lo tanto, cada acción del Salvador —dice San Basilio— debe ser la regla particular de cada una de las nuestras. Para imitar a San José, debemos considerar atentamente cómo procedía Nuestro Señor en las varias circunstancias de la vida, a fin de conformar en todo nuestra conducta con la suya.

En nuestras relaciones con el prójimo, no debemos jamás perder de vista la modestia que se trasparentaba en toda la persona de Jesucristo, sin quitarle nada de aquella majestad que inspiraba un amor respetuoso a todos los que le veían; ni la gravedad de la conversación, acompañada siempre de una dulzura inefable y siempre regulada por una maravillosa discreción; ni la condescendencia al adaptarse al querer de unos y a soportar las importunidades de los demás; ni su respeto y la sumisión a aquellos que por su condición o dignidad estaban por sobre los demás; ni su particular afección por los pobres; en una palabra, la equidad y sencillez de su conducta, unida a una prudencia del todo divina.

San José estaba especialmente atento a imitar los sentimientos de respeto y humildad, de adoración del Salvador, cuando cumplía con algún deber de religión o se dirigía al Padre celestial. Procuremos también nosotros, en nuestros ejercicios de piedad, tener continuamente los ojos sobre este divino modelo.

Que nunca falten a nuestras oraciones las disposiciones que Jesús tenía cuando por nosotros oró en el huerto de los Olivos: se separa de las criaturas; se postra, adora y sumerge en un profundo anonadamiento; se llena de una perfecta contrición por todos los pecados del mundo; hace penitencia y se arrepiente profundamente, aceptando con resignación la muerte que los hombres han merecido. No obstante el debilitamiento de las fuerzas en que cae, persevera una hora entera en la oración, animado de la más viva confianza, llamando a Dios su Padre, y diciéndole que sabe que todo le es posible; en una palabra, se somete a todo lo que quiera mandarle: Non sicut ego volo, sed sicut tu.

Nuestro divino Salvador nos ofrece un modelo no menos admirable de las disposiciones que debemos llevar a la santa comunión. Hablando de la Cena, el Evangelista dice que aun cuando Jesús había amado siempre a los suyos, quiso todavía, antes de su muerte, darles una prueba de amor más conmovedora, instituyendo ese adorable Sacramento para enseñarnos que la principal disposición para participar dignamente de este misterio es la caridad. Dijo a sus Apóstoles que había deseado con gran deseo comer esa Pascua con ellos, para enseñarnos que el tener un ardiente y vivo deseo, es una excelente preparación para recibir su Cuerpo adorable. Finalmente, antes de dar la comunión a sus discípulos, se abajó hasta lavarles los pies, para enseñarnos con qué humildad y pureza debemos acercarnos a tan tremendo misterio.

Pero sobre todo debemos, como San José y según el consejo del grande Apóstol, tratar de formar a Jesucristo en nuestros corazones, a fin de que no vivamos más de nuestra propia vida, sino de la vida de Jesucristo, teniendo sus mismos sentimientos, sus mismos pensamientos, sus mismos afectos; amando lo que Él ama, evitando con diligencia lo que Él aborrece, teniendo en nuestras acciones el mismo principio y el mismo fin que el divino Salvador.

Pero no siempre depende de nosotros imitar los actos exteriores de la vida de Jesucristo. Dios no lo exige sino a un corto número de cristianos, de los cuales, a unos llama a la imitación de su pobreza; a otros, a la de su vida oculta o a la de sus divinas fatigas y ministerio público. La variedad de los estados y de las condiciones de la sociedad humana así lo exigen. Pero todos, ricos y pobres, doctos e ignorantes, son llamados a imitar el espíritu de Jesucristo.

Sin cambiar en nada lo exterior en lo que respecta a las varias condiciones, de nosotros depende ser humildes en la grandeza, y con San José, estar contentos en la condición oscura en que Dios nos ha puesto, sin avergonzarnos por ello y sin desear grandezas. De nosotros depende renunciar con el afecto a los bienes, si es que los poseemos, y a no quejarnos de la pobreza, bendiciendo a Dios, que nos quiere hacer semejantes a Jesús, a María y a José. Depende enteramente de nosotros mandar con dulzura y con humildad —como lo hizo San José, quien no olvidó jamás que la autoridad la había recibido de Dios—, u obedecer a los hombres, casi como a Dios, con miras nobles y dignas de un cristiano. Todos recibimos la gracia de conformarnos de esta manera a los sentimientos interiores de Jesús, para pensar y obrar cada uno en nuestro estado como Él mismo había pensado y obrado.

«En todas vuestras acciones, en toda palabra, sea que caminéis o que corráis, que habléis o calléis, que estéis solos o en compañía, tened siempre los ojos sobre Jesucristo —dice San Buenaventura— como sobre vuestro modelo. Estas frecuentes miradas sobre Jesús inflamarán vuestro amor, os harán entrar en una gran familiaridad con Él, os inspirarán confianza, os con-seguirán la gracia, y os harán perfectos en todas las virtudes.

«Que sea este vuestro empeño, vuestra oración y vuestro gusto: el tener siempre presente en vuestro espíritu el recuerdo de alguno de sus misterios, para excitaros a imitarle y a amarle. Cuanto más fieles seáis en imitar sus virtudes, más cerca estaréis de Él en la gloria, porque seréis más semejantes a su celeste y eterna belleza».

ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS.

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