MES DE SAN JOSE- DÍA CUARTO


Día 04 de Marzo dedicado al Glorioso Patriarca San Jose


                                              MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en esta novena.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 04 de Marzo HOMBRE DEL SILENCIO
 Junto a Jesús y a María, san José, fuiste hombre del silencio. Tu casa fue un templo. ¡Un templo donde lo primero fue el amor! Enséñame, oh san José, a dominar mi locuacidad y a cultivar el espíritu de recogimiento.

El nombre de San José, como el de María, trae consigo la idea de pureza y santidad mismas. Jesús, agonizante en la Cruz, encomendó su Madre al más amado y más puro de sus discípulos, porque creyó que de otro modo desmerecería esa Madre virgen. Virginem matrem virgini commendavit, dice San Jerónimo.


No trató con menor reverencia a María el Padre Eterno, cuando quiso darle una ayuda en sus trabajos, un consolador en sus penas, pues la confió al más casto de todos los hombres: Virginem virgini commendavit.

Si la pureza de San José no hubiera sido semejante a la de los espíritus celestiales, ¿habría merecido en depósito la pureza de la Madre de Dios, y ser el esposo, no sólo de la Reina de las vírgenes, sino, por así decirlo, de la misma virginidad?…

María, más pura que el sol desde su concepción inmaculada, consagró a Dios su pureza desde su más tierna edad con el voto de virginidad. María, que prefirió esta virtud celestial a la gloria de Madre de Dios; María, que se turbó a la vista del arcángel San Gabriel, que se le apareció en forma humana, consintió, iluminada por el Espíritu Santo, ser la esposa de San José, y conversar y vivir a su lado. ¡Qué amable modestia, qué santo recato debían de resplandecer en José, para que la más pura de las vírgenes, que acababa de salir del templo, donde había pasado sus mejores años bajo la mirada de Dios solo, no temiera confiarle cuanto tenía de más querido y precioso en este mundo!.. .

¡Ah, si la vista de una imagen de la Santísima Virgen inspira amor a la pureza; si el ejemplo de la consagración de María, narrado en el Evangelio, bastó para suscitar en todos los tiempos esa innumerable multitud de vírgenes de toda edad y condición, que prefirieron el honor de imitar a la Madre de Dios, a todos los halagos del mundo, ¿qué no debía obrar la presencia continua de María sobre la persona de José, puro como un ángel, y dotado desde su juventud de un singular amor hacia una virtud hasta entonces tan poco conocida y estimada!. . .

Y ¿qué diremos de su íntima relación con Jesús?… Si uno de los principales efectos de la Humanidad del Salvador es purificar, santificar y divinizar, no sólo el alma, sino también el cuerpo de los que le reciben dignamente en la Eucaristía, ¿cómo no creeremos que el que tuvo la suerte de estrechar tantas veces en sus brazos al Verbo encarnado, estrecharle contra su pecho, acercarle a su corazón con tanto amor y respeto, no haya sido trasformado y angelizado, como dice Tertuliano?.. .

San Francisco de Sales asegura que San José sobrepasó en pureza a los ángeles de la más alta jerarquía, «pues que —escribe—, si el sol material no necesita más que de su luz para dar al lirio su resplandeciente blancura, ¿quién podrá comprender a qué grado de candor se levantó la pureza de San José, junto día y noche por tantos años a los rayos del divino Sol de justicia y de aquella mística Luna que de este recibe su esplendor? …»

Los ojos de María — dice Gersón— destilaban un rocío virginal, que purificaba los corazones sobre los que se posaban sus miradas: Quídam ex oculis virgineus ros spirabat. ¿Cómo caería ese rocío virginal sobre el lirio de José, siempre pronto a recibirlo, añadiendo nuevo esplendor a su pureza y preparándole, según el sentir de Cornelio a Lápide, un lugar entre los ángeles?. . . Fuit ipse ángelus potius quam homo.

Sabido es que la semejanza da origen al amor; por lo que, viendo los ángeles a un hombre que, por privilegio especial de la gracia, se asemejaba tanto a ellos en pureza y santidad, lo honraban y amaban también ellos con particular afecto. Y no fue sin razón que, cuando el ángel se apareció por primera vez a José, le dijera: «José, hijo de David». Sabemos por la Sagrada Escritura que no fueron tratadas así las personas a quienes los ángeles llevaban algún mensaje del cielo. «Hijo del hombre, tente en pie», dijo el ángel a Ezequiel. «levántate pronto», a Pedro. «Escribe lo que veas», a San Juan Evangelista. Parece que los ángeles ignoraran o no tuvieran en menta los nombres de esos ilustres personajes. Pero no hicieron así con José: a él lo llamaron por su nombre, y lo trataron como a príncipe de la estirpe de David: Joseph, fili David. Tan espléndido título le pertenecía, y los ángeles se lo dieron, para honrarlo y distinguirlo por sobre todos los hombres, atendiendo a su inefable pureza.

No hay sobre la tierra título más hermoso que el de virgen. Es una condición muy amada por Dios y respetada por los ángeles; da derecho a honores inmortales y a gloriosos privilegios en el reino de los cielos.

Es el único título que suele darse a la más santa de las criaturas, a la Madre del Verbo, a la casta esposa de José. Cuando decimos la Santísima Virgen, no solamente creemos haberla señalado claramente, sino también haberle tributado con este título la mayor alabanza.
«Nada más justo —exclama San Ambrosio— que apellidarla angélica, porque sólo en el cielo se encuentra el modelo de esta bella virtud».

«El Hijo de Dios —dice San Bernardo— no vio en este mundo nada más precioso que la pobreza, que tomó en el fondo de nuestra miseria, y nos dio en cambio cuanto tenía de más precioso en el cielo, la castidad, que escogió entre lo mejor de su beatitud».
«Sí, es por la virginidad —exclama San Gregorio Nacianceno— que Dios no rehusó venir a habitar entre los hombres. Y es esta virtud la que da a los hombres alas para volar al cielo, y es el vínculo sagrado que une al hombre con Dios: por eso concede por su intermedio cosas sobrenaturales».
«La pureza —añade San Juan Clímaco— no es otra cosa sino una semejanza con Dios, tan perfecta como pueda tenerla en este mundo una criatura».

Los Santos Padres representan la virginidad como una especie de centro o de medio entre los espíritus y los cuerpos. «Los vírgenes tienen en la carne algo —escribe San Agustín— que no pertenece a la carne, y que tiene más de ángel que de hombre; es algo así como una efusión de la vida de los espíritus celestiales. ¡Oh, belleza de la castidad! Anticipa el efecto de la resurrección gloriosa; hace el cuerpo todo espiritual, pues es cosa cierta que la castidad, especialmente con el carácter de estabilidad que le da la Religión, libra al cuerpo de la servidumbre de los sentidos, lo prepara para no ser dominado por la concupiscencia de la carne, y lo hace obediente a las leyes del espíritu. ¿Por qué, pues, no podrá llamarse espiritual un cuerpo sometido al espíritu, si la Escritura llama carnal al espíritu esclavo del cuerpo?…»

«Pues que —dice el mismo santo— la gracia no es menos eficaz para el bien que el pecado para el mal, y pues que el pecado puede lograr que un alma espiritual se haga toda de la carne, ¿no podrá la gracia, por una operación enteramente contraria, tener la eficacia de santificar un cuerpo y hacerlo todo espiritual?...»

Admirando estas ventajas y los bienes que la virginidad procura al hombre, nos dice San Basilio que «no sólo es uno de los mayores bienes de esta vida, sino también la simiente de la vida incorruptible y de la regeneración futura; puesto que nadie puede estar más seguro de la visión beatífica que aquel que la posee anticipadamente. La virginidad es sobre la tierra un anticipo de la vida celestial».
«Quien es virgen, pertenece a Jesucristo —dice San Pablo—. Detenido sobre la tierra por las ataduras del cuerpo, vive en el cielo por el ardor de sus afectos. La pureza de su carne y  de sus pensamientos forma un santuario en que vive el mismo Dios».

No sin razón la Sagrada Escritura compara los vírgenes a la abeja laboriosa, que se alimenta tan sólo con el rocío del cielo y con el jugo de las flores más hermosas. Del mismo modo, el alma que ama la virginidad se alimenta de la palabra de Dios: recoge diligente esa flor admirable elegida entre mil, y sobre la cual está el espíritu de Dios. Esa flor hay que buscarla en la mortificación de los sentidos y en el desprecio de nosotros mismos, pues es el lirio de los valles que ostenta su espléndida blancura entre las espinas, y envía sus perfumes suaves y deli-cados a las almas más puras y más humildes.

Pero esta divina virtud es tan bella como frágil; el menor aliento basta para empañarla. Si queréis tener la suerte de conservarla en toda su belleza, es necesaria una gran vigilancia sobre vuestros sentidos y sobre los afectos de vuestro corazón; todo debe ser puro en un alma que se gloría de seguir las huellas de María y de José. Vuestra conversación debe ser celestial: Nostra conversatio est in coelis. «Si habláis —dice San Pedro—, hablad como si Dios lo hiciera por vuestra boca».

Vuestros ojos sean amablemente modestos, cerrados a toda vanidad, abiertos tan sólo para contemplar los bienes eternos. No deben detenerse en vuestra mente sino imágenes puras y el pensamiento de la vida eterna; vuestra alma no debe ocuparse más que de la esperanza de los bienes celestiales y de la misericordia de Dios para con vuestra alma. Las conversaciones mundanas, aunque fueran tan sólo ociosas e inútiles, podrían empañar la delicadeza de vuestra conciencia, si las escucháis con algún placer. Huid del rebuscamiento en el cuidado de vuestro cuerpo, que podría alterar la pureza de vuestra alma; de las ataduras de una amistad demasiado natural, que profanaría la santidad de vuestro corazón, que no debe abrirse más que para el cielo.

En una palabra, un alma casta, considerando los peligros que existen en el mundo prontos a perder una virtud tan frágil y delicada, debe decir a los objetos que la rodean lo que Nuestro Señor Jesucristo le dijo a la Magdalena: «No me toques, porque todavía no subí a mi Padre». Aún no estoy entre los bienaventurados; no me toquéis, que me gastáis. Sois tales que no sabría amaros en esta vida, sin apegarme demasiado a vosotros, con peligro de vuestra misma alma, que, habiendo sido creada para Dios, debe amar sólo a Él. Alejaos, en consecuencia, de mí por algún tiempo; aguardad a que esté entre los bienaventurados: entonces os veré en Dios y os amaré en El, sin peligro de perderme en vosotros y con vosotros.

Viviendo, así como José, bajo la mirada de Jesús y de María, podréis caminar con confianza en vuestra inocencia: perambulam in innocentia cordis mei. Recibiendo a menudo el vino que engendra vírgenes, triunfaréis de todas las tentaciones del mundo y mereceréis entrar en el coro de los vírgenes, que acompañan doquiera al Cordero cantando un cántico nuevo. Amad la pureza sobre todas las cosas, porque, como dice el Sabio, «nada hay que se le pueda comparar».
ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS


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