MES DE SAN JOSÈ- DÍA 28


Día 28 de Marzo dedicado al Glorioso Patriarca San Josè


                                          MES DE MARZO DEDICADO A SAN JOSE

ORACIÓN PREPARATORIA
Acto de Contrición: Señor mío Jesucristo, etc.

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María. Patriarca y Protector de la Santa Iglesia, a quien el Padre Eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra la Sagrada Familia; protégenos también a nosotros, que pertenecemos, como fieles católicos. a la santa familia de tu Hijo que es la Iglesia, y alcánzanos los bienes necesarios de esta vida, y sobre todo los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcánzanos especialmente estas tres gracias, la de no cometer jamás ningún pecado mortal, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos Sacramentos. Concédenos además la gracia especial que te pedimos cada uno en este devoto mes. Amen.

Pídase con fervor y confianza la gracia que se desea obtener.
A continuación rezar la oración del día que corresponda

Día 28 de Marzo- AMOR DE SAN JOSÈ A JESÚS. CARACTERES DE CARIDAD

                                                         Hallé al que adora mi alma.
                                                                      Cant. III, 4.

Nuestro Señor Jesucristo confió el gobierno y la dirección de su Iglesia a San Pedro, después de

haberle exigido una pública y solemne declaración de su ardiente caridad. «Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que estos?… Sí, Señor; Tú lo sabes todo; Tú conoces que yo te amo…» Y sólo después de repetida tres veces esta protesta de amor tan grande, sincera y expresiva, lo estableció príncipe de los Apóstoles.

¿Podremos creer que Dios haya querido de San José un amor menos fuerte y menos puro, para darle el cuidado y la dirección, no ya del cuerpo místico de la Iglesia, sino de su Cabeza adorable?..  ¡Ah!, si Dios quiso dar a San José una tan admirable prerrogativa, no fue sino después de haber encendido su corazón en las más vivas llamas de la caridad. José amaba a Dios con toda su alma y con todas sus fuerzas, aun antes de haber recibido esas gracias extraordinarias; su amor, más fiel y constante que el de San Pedro, no experimentó jamás la menor alteración; su vida fue un acto perpetuo de ardiente caridad, que se levantaba día tras día a la más alta perfección.

José vivía como un serafín en carne humana; su corazón gozaba a raudales de las delicias del santo amor, cuando Dios, queriendo hacerle el inestimable honor de custodio y padre adoptivo de su Unigénito, le comunicó alguna de esas centellas que tiene reservadas para alguno de sus escogidos, y que es el esplendor de su gloria y la imagen viva de su esencia. Así nació el amor de José; se obró como una efusión del Corazón de Dios en el suyo; de consiguiente, el amor que tiene por Jesús nació de la misma fuente que el honor de ser Custodio de ese Hijo divino.

Dios quiere, oh bienaventurado José, que recibáis como a Hijo vuestro al Hijo purísimo de María. No dividís con Ella el honor de haberle dado la vida, pero compartís con Ella las inquietudes, las vigilias, las preocupaciones en medio de las que María criará a ese Hijo queridísimo; ocuparéis el lugar de padre para ese santo Niño.

¿Quién podrá decir con qué alegría le recibió José, y cómo se ofreció de todo corazón para hacerle de padre adoptivo?. . .Y                                          desde entonces no vivió sino para Jesús: todos sus cuidados y solicitudes

fueron para Jesús, para quien tuvo corazón de padre. Si trabajaba, si sufría, si se imponía privaciones o peregrinaba en el destierro, oculto en la más profunda oscuridad, todo lo hizo por Jesús y únicamente por Él: Probatio amoris exhibitio est operis.

Vuestro amor, oh José, recibe un nuevo acrecentamiento. Ya no es el Dios invisible, el Dios espíritu el que vos amáis, ahora sentís un amor más tierno y más sensible; un amor natural y sobrenatural os hace gozar de delicias y ardores hasta ahora desconocidos al corazón del hombre, y que los ángeles mismos envidiarían, si pudieran. Vos amáis a vuestro Dios hecho semejante a vos, a vuestro Dios convertido en Hijo vuestro, el más hermoso de los hijos de los hombres, el Omnipotente revestido de los atractivos de la infancia, el Deseado de todas las naciones, el Rey y Salvador del mundo, confiado a vuestros cuidados, a vuestro gobierno. Y vos pudisteis amarle con una ternura tanto más viva y fuerte, cuanto que la gracia y la naturaleza no señalan límites a vuestro amor.

Podemos repetir con el Salmista: «Un abismo llama a otro abismo»; y esto, porque para formar el amor de San José fue necesario fundir cuanto la naturaleza tiene de más tierno y la gracia de más eficaz; la naturaleza tenía su parte, porque el amor se refería a un hijo, y al mismo tiempo no podía faltar la gracia, porque el amor se refería a un Dios. Pero lo que sobrepasa a la imaginación humana, es que la naturaleza y la gracia ordinarias no bastan para explicar tanto misterio; porque no es propio de la naturaleza dar el Hijo de un Dios, ni lo es de la gracia —ordinaria, por lo menos— el poder amar a un Dios en un hijo.

Padre afortunado, que pudo amar excesivamente a su Hijo, si así puede decirse, sin amarle demasiado; que pudo dar todo aDios, sin quitar nada a su Hijo; que no tuvo que temer ese oráculo de Jesucristo: «Aquel que ama a su hijo más que a Mí, no es digno de Mí». El objeto del amor de José era infinitamente amable, y él, por lo tanto, debía amarle infinitamente: que si hubiera podido hacerse algún reproche, habría sido de no amarle lo suficiente. Pero José le amaba con todas sus fuerzas, y según la exacta y sobreabundante medida de gracia que había recibido.

Si amar a Jesús y ser amado por Jesús son dos cosas que atraen las divinas bendiciones en las almas, ¿qué torrente de gracia no debía inundar el corazón de José?.. . Jesús no se saciaba de verse amado por su padre, y este augusto padre no creía tener nunca amor suficiente para aquel único dilecto Hijo; por lo que incesantemente pedía la gracia de amarle, y este pedido le merecía siempre nuevas y mayores gracias.

Si los discípulos de Emaús, por haber conversado breves momentos con el Salvador, sintieron su corazón todo encendido en amor; si Jesús, con la dulzura de su palabra atraía de tal manera a las gentes, que se olvidaban hasta del alimento, ¿qué habrá sido para José, que tuvo la suerte de conversar durante treinta años del modo más familiar con el Verbo encarnado? ¿Cómo habría podido recibir por tan largo tiempo las afectuosas atenciones del divino Salvador, sentir sobre sí sus tiernas miradas llenas de gracia y de favor, ser amado, y amar otra cosa fuera de Él?…

El Salvador mismo dice en el Evangelio que vino a traer a la tierra el fuego sagrado de ese amor divino que le une en el cielo a su Padre celestial: lógico es, entonces, que en cuanto lo permiten los límites de la criatura, inflamara en la misma caridad a José, que ocupaba el lugar de padre suyo en este mundo.

Ah, si un soldado pagano se sintió iluminado por la verdadera fe y se hizo santo viendo la caridad de los primeros cristianos, ¿qué profundas impresiones debían de hacer en el alma de José   las conversaciones, los ejemplos de María, la cual amó a Jesús como no le alcanzaron a amar todos los santos y serafines juntos? ¿Qué acrecentamiento de caridad no debían de obtener a José las oraciones de esa Virgen divina, Madre del Salvador, Esposa del Espíritu Santo?…

Y no temamos decir que ningún santo, después de María, amó a Jesús como le amó José, por cuanto

ningún santo tampoco recibió favores tan insignes; nadie como él prestó a Jesús tantos servicios personales; ninguno tuvo la suerte de vivir tan largo tiempo en la compañía del divino Maestro. Nadie, en una palabra, pudo ver tan de cerca los tesoros de gracia y de amor encerrados en su adorable persona.

Hubo santos que llevaron la caridad a un grado por demás heroico: por ejemplo, un San Pablo, que llegó a desafiar a todos los poderes del cielo y de la tierra a que lo separaran del amor de Jesucristo; un San Francisco de Asís, que mil veces al día suplicaba a Dios que lo hiciera morir por Él; un San Agustín, que con indecible nostalgia repetía estas sublimes palabras: «Belleza siempre antigua y siempre nueva, muy tarde os conocí y muy tarde os amé»; y con santo ardor, este doctor de la gracia —es decir, del amor— agregaba estas palabras, las más hermosas que labio humano haya jamás pronunciado: «¿Por qué no soy yo Dios y Vos Agustín?. . . Entonces querría volver a ser Agustín, para haceros a Vos mi Dios…»

Finalmente, el amor divino que reinaba sin obstáculos en el corazón de José y ocupaba todos sus pensamientos, aumentaba día a día con su empeño, se perfeccionaba con el deseo, se multiplicaba en sí mismo hasta alcanzar tal perfección, que la tierra no hubiera podido contenerlo. «Un Santo que tanto había amado durante su vida, no podía sino morir de amor —dice San Francisco de Sales—; muerte nobilísima, que debía ser la consecuencia de la vida más noble que jamás haya vivido criatura alguna, y de cuya muerte desearían morir los mismos ángeles, si fueran capaces de muerte».

¡Oh almas interiores, almas privilegiadas, a quienes Dios ha colmado de gracias especialísimas! Vosotras debéis imitar a San José; como él, debéis consagraros a amar a Dios con un amor superior al que podáis tener a cualquier otro objeto. Dios es soberanamente celoso, y no admite corazones divididos: los quiere enteros, porque lo merece; quiere que le pertenezcan a Él solo, ya que Él solo los merece, porque los ha creado para sí. Por poco que desviéis vuestro corazón hacia las criaturas, es un hurto que le hacéis a Dios; le quitáis un bien que le pertenece, y que no puede ceder a los demás. Debéis amarle a Él solo absolutamente, y amar todo lo que a Él se refiera. Por lo tanto, los afectos de vuestro corazón deben dirigirse a Dios como a su fin, y reunirse en Él como en su centro. «No es amaros suficientemente —dice San Agustín— el amar con Vos alguna cosa que no se ama por Vos». «El perfecto amor de Jesús no desea otra cosa —dice San Jerónimo— más que agradar a Jesús. Si tiene alguna otra pretensión, señal es de que no ama sin imperfección al divino Salvador».

«La verdadera señal de que amamos a Dios en todas las cosas —dice San Francisco de Sales—, es cuando le amamos igualmente en todas; pues que siendo igual a sí mismo, la falta de igualdad en nuestro amor hacia Él, no puede tener otro origen que el habernos detenido en alguna cosa que no es Él».

El alma piensa en lo que el corazón ama, y si amáis a Dios con todo el corazón, toto corde. «¿Queréis saber lo que amáis? —dice San Lorenzo Justiniano—. Examinad hacia qué cosa se encaminan vuestros pensamientos, y por ellos conoceréis el objeto de vuestro amor». Es así como los pensamientos de San José estaban todos en Dios y eran todos para Dios; nada se le importaba de las criaturas, sino en cuanto podían llevarlo a Dios. En todos los seres admiraba el poder, la sabiduría y la grandeza de Dios como en un espejo; y de aquí provenía la felicidad que tenía de mantenerse unido con Dios, de pasar tan fácilmente de la acción a la oración. Su mente, de acuerdo con su corazón, no perdía jamás de vista al que amaba con todas sus fuerzas.

Y finalmente, para penetrar bien en las santas disposiciones de este augusto modelo, no os saciéis

jamás de amar a Dios con un amor afectivo, sino con un amor efectivo.

«Con el primero —dice San Francisco de Sales— amamos a Dios y todo lo que El ama, y con el segundo servimos a Dios y hacemos cuanto Él nos ordena. El primero nos une a la voluntad de Dios, y el segundo nos hace seguir su santa voluntad. Uno nos llena de complacencia, de deseos, aspiraciones y ardores espirituales, haciéndonos practicar la unión y la fusión de nuestra alma con Dios; el otro nos inspira firmes resoluciones, valor decidido, y la inquebrantable obediencia necesaria para cumplir la voluntad de Dios y para sufrir, amar, aprobar y abrazar cuanto viene de su beneplácito. El uno hace que nos alegremos en Dios, y el otro, que agrademos a Dios; con el primero ponemos a Dios sobre nuestro corazón como una señal de amor bajo la cual se unen nuestros afectos, y con el segundo le ponemos sobre nuestro brazo como una espada de amor, con la cual realizamos actos heroicos de todas las virtudes: Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum (Cant. VIII, 6)».

ORACIÓN FINAL

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María y amable protector mío San José, que jamás se ha oído decir que ninguno haya invocado vuestra protección e implorado vuestro auxilio sin haber sido consolado. Lleno, pues, de confianza en vuestro poder, ya que ejercisteis con Jesús el cargo de Padre, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a Vos con todo fervor. No desechéis mis súplicas, antes bien acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente. Amén.

PAX VOBIS.

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